Dios en el banquillo

En un breve ensayo titulado “Cómo escribir una historia de detectives”, G.K. Chesterton, cuya conocida saga detectivesca del Padre Brown llevó a Borges a declararlo “discurridor y exornador de elegantes misterios,” nos dice que lo esencial en todo cuento de misterio es la luz, no la oscuridad; que el cuento está escrito para el momento en que el lector entiende, no para todo el tiempo en el que no entiende. Toda la ofuscación, toda la prestidigitación narrativa del autor tiene el objetivo, simple y sencillo, de contrastar con la gran revelación que ocurre al final: el momento en el que se quita el velo y el verdadero responsable queda al descubierto. Permítanme sugerir que este es un buen enfoque hermenéutico para leer el Antiguo Testamento, porque casi siempre el lector moderno de la Biblia se aproxima a este libro con la intención de poner a Dios mismo en el banquillo de los acusados, de juzgarlo por infinidad de crímenes y desacreditar las enseñanzas y la religión emanada de ellas. Así, el lector moderno escoge fragmentos aislados y encuentra evidencia que apunta a que el Dios del Antiguo Testamento es un dios vengativo, cruel, que a la menor provocación desata su ira y consume ciudades enteras con el fuego de su cólera; encuentra contradicciones entre el Antiguo y el Nuevo Testamento y concluye que el Dios de Jesucristo, ese Dios bueno y amoroso, no puede ser el mismo Dios de los hebreos, malo y rencoroso. Aquí no intento refutar semejantes conclusiones ni busco convencer al lector de las verdades de la fe bíblica; no pretendo convertir a nadie. Para hacer lo que propongo no se necesita creer en Dios, se necesita, simplemente, descubrir lo que el autor intentaba decir en su relato acerca de Él.

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Pedro Pablo Rubens, La masacre de los inocentes, 1611–1612, Ontario, Galería de Arte de Ontario

Antes de decidir si creer o no en lo que se dice, se tiene que entender qué es lo que se dice. Y lo que yo propongo es releer el Antiguo Testamento como si fuera una historia de detectives, intentar resolver el misterio divino: ¿es el Dios de la Biblia un Dios criminal y cruel? Leamos así el breve e hilarante libro del renuente Jonás, aquel famoso profeta que pasó tres días en el interior de una ballena (aunque el texto en realidad habla de “un gran pez”, no especifica que sea una ballena). La evidencia parece clara: Dios manda a Jonás a Nínive, la gran capital asiria, a anunciar que la va a destruir debido a su maldad. Cuando el profeta decide huir en vez de cumplir su misión, Dios manda una tempestad que amenaza con hacer naufragar el barco en el que intenta escapar. Los demás pasajeros, asustados por la tormenta, arrojan a Jonás por la borda y Dios manda un gran pez a devorarlo. Tres días después, el pez lo arroja a la costa y Dios le ordena nuevamente que vaya a Nínive. Ante esta determinación de Dios de destruir la ciudad, ¿no hemos de simpatizar con la reticencia de Jonás, que prefiere huir antes que cumplir su macabro mandato?

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Libro del profeta Jonás

La tensión narrativa aumenta con el arribo de Jonás a Nínive y su proclamación de que será destruida en cuarenta días. Los ninivitas le creen y proclaman un ayuno y una penitencia general. Llegamos así al clímax de la historia, al meollo del misterio. Al ver el arrepentimiento de los ninivitas, Dios se retracta de su amenaza y Jonás “se disgustó mucho y quedó muy enojado.” Viene ahora la gran revelación: “Jonás oró al Señor, diciendo: ‘¡Ah, Señor! ¿No ocurrió acaso lo que yo decía cuando aún estaba en mi país? Por eso traté de huir a Tarsis lo antes posible. Yo sabía que tú eres un Dios bondadoso y compasivo, lento para enojarte y de gran misericordia, y que te arrepientes del mal con que amenazas. Ahora, Señor, quítame la vida, porque prefiero morir antes que seguir viviendo’.” En un solo verso el autor logra que veamos la evidencia bajo una nueva luz. Resulta que Jonás es el cruel y vengativo, el que busca (y a los ojos de los lectores judíos de la época, con justificación) la destrucción de la capital de los asirios, enemigos mortales y opresores de Israel; ya no vemos en su huida un acto heroico de oposición al mal, sino un acto cobarde que se resiste al bien. Y si Jonás es culpable, ¿no debemos, por tanto, exonerar a aquel que le dice en los últimos versos del libro: “Tú te conmueves por ese ricino que no te ha costado ningún trabajo y que tú no has hecho crecer, que ha brotado en una noche y en una noche se secó, y yo, ¿no me voy a conmover por Nínive, la gran ciudad, donde habitan más de ciento veinte mil seres humanos que no saben distinguir el bien del mal, y donde hay además una gran cantidad de animales?”? A la luz de esta revelación vemos en Jonás una imagen de nosotros mismos, que paradójicamente muchas veces encontramos en la misericordia una razón para enojarnos hasta la muerte. En Jonás se nos devela nuestra crueldad y nuestra violencia. Tal vez somos nosotros los que debemos sentarnos en el banquillo de los acusados.

Autor

  • Ingeniero en Computación por el ITAM, Maestro y Doctor en Ingeniería Industrial por la Universidad de Auburn. Casado y con tres hijos. Amante del bien, la verdad y la belleza. Ingeniero profesional de día y filósofo amateur de noche. Discípulo de Santo Tomás y de G.K. Chesterton. "Defender cualquiera de las virtudes cardinales conlleva, hoy en día, la misma emoción que entregarse a uno de los vicios" --G.K. Chesterton.

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