Como un montón de piedras

Interpretaciones abundan. Pedro Páramo (1955) ha sido descrita como una alegoría del México rural, tan perdido de la civilización como atado a sus vaivenes. Se ha escrito incansablemente que la novela retrata temas tan diversos como la pobreza extrema, la marginalidad, el cacicazgo, la superstición, la búsqueda del padre ausente y el olvido. Como si colocaran espejos frente a frente, los estudiosos reflejan ante las alegorías literarias de Rulfo teorías tan disímiles entre sí como alejadas del escrito original: psicoanálisis, marxismo, realismo…  Permítaseme darle una lectura más simple: Pedro Páramo trata de forma detallada el declive moral de un sacerdote mexicano en el preámbulo de la Cristiada (1926-1929) o, dicho de un modo más preciso, retrata la claudicación del padre Rentería frente al pueblo cuya dirección espiritual se le ha encomendado, Comala. No hablo de la interpretación descuidada que recalca sin matices la avaricia de las instituciones eclesiales y que las reduce sin más al temperamento de quienes las encabezan, ni de las críticas de siempre –la mercantilización de la salvación, la corrupción del sacerdocio frente al poder, la manipulación de las almas, etc. En la propuesta de Rulfo hay algo mucho más profundo y relevante, tan vigente hoy como entonces: el derrumbe inminente de los pueblos incapaces de participar del perdón divino y los estragos que provoca un ministro que se rinde ante la desesperanza. Veamos de qué van ambos temas.

Pedro Páramo, Juan Rulfo, RM, México (2005).

Para quienes no lo recuerdan bien, la única novela escrita por Juan Rulfo relata el viaje de Juan Preciado a Comala para encontrar a su padre, el cacique Pedro Páramo. Lo encontrará únicamente a través de las voces poéticas de los muertos de este lugar arruinado. Escuchará que don Pedro es un “rencor vivo”, fragmentado entre los recuerdos de quienes lo conocieron como patrón, embustero o asesino; conocerá sus lujurias y su obsesivo amor por Susana San Juan; lo verá también en los funerales de su hijo Miguel, sonsacando bandos revolucionarios y vengándose del pueblo de cuyas tierras se apropió con artimañas. Oirá a Pedro, el niño soñador, y más adelante a don Pedro, el mandamás enrarecido por un amor idealizado. En él se reflejará el desmoronamiento de un poblado infeliz, atorado entre la ignorancia y la pobreza. Comala es “la mera boca del Infierno”, donde los muertos se alimentan del recuerdo y permanecen atorados en un limbo existencial que no ofrece reposo. A través de sus voces, Juan Preciado encontrará la unión entre sus raíces y su destino: una vida atada a la remembranza hueca, hundida en un estanque espiritual que no cede. Cada poblador muestra su hambruna interior de forma clara, a veces teñida de una mística fantasmagórica, otras de sincretismo, muchas más de decepción y remordimiento; y si bien la culpa responde a los pecados de cada uno –la cobardía y complicidad con el mal, principalmente–, ésta se enquista en el padre Rentería, sacerdote católico que se rinde ante la aridez del alma de sus feligreses e incluso la consiente. En cada diálogo reconocemos a un pueblo que es pobre en todos los sentidos, pero especialmente en su relación con lo divino. La catequesis no ha dado frutos, quizá ni siquiera se ha llevado a cabo: la gente de Comala no ha sabido sino de supersticiones y ritos huecos. Estrujados por el peso de sus culpas, no encuentran el consuelo del sacramento de la Confesión (“[El padre] Se levantó del confesionario y se fue derecho a la sacristía. Sin volver la cabeza dijo a aquella gente que lo estaba esperando: ‘Todos los que se sientan sin pecado, pueden comulgar mañana’. Detrás de él, sólo se oyó un murmullo.” [p.248]), tan fundamental para su saneamiento interior. Confesarse con fe, no lo olvidemos, es una oportunidad total e incondicionada para volver a vivir con rectitud y en comunión con el Creador, es decir, en amistad y gozo con Él. Esta es la necesidad profunda que las almas del pueblo no pueden saciar. Hay más: el Rosario se reza en penumbras y como sin sentido; se cree tanto en fuerzas astrales (no hay que tener relaciones sexuales cuando la luna esté “brava”) como en un Dios vengativo y cruel (“Un don que Dios me dio; o quizás sea maldición.”). También se denigra la alianza matrimonial –Pedro Páramo se casa en dos ocasiones, primero por conveniencia financiera con Dolores Preciado, madre de Juan, después con Susana San Juan y pagando para que se omitan las amonestaciones– y se intercambian oraciones, ritos y sacramentos por dinero. Todo ello, más que su astucia y frialdad, es lo que le permite a Pedro Páramo controlar Comala: el “hombre fuerte” triunfa cuando los representantes de Dios se acobardan, cuando son intimidados por el poder que emana de su inmoralidad y violencia. Sin obstrucciones, don Pedro encuentra el camino para apropiarse incluso de la vida religiosa del pueblo que lo vio nacer, como lo ostenta al hace tañer las campanas del único templo que hay durante más de tres días consecutivos tras la muerte su segunda mujer (“¿Verdad que la noche está llena de pecados, Justina?”, preguntaba ella antes de morir). Poder violento, poder efímero.

La Cristiada, enfrentamiento armado entre el gobierno de Plutarco Elías Calles y distintos grupos católicos, se menciona de refilón hacia el final de la novela. Fue un momento sangriento y de inconmensurables consecuencias para nuestra historia nacional, motivado por la implementación de políticas que limitaban el culto y volcaban la educación pública hacia el socialismo. Así, en el relato de Rulfo, el padre Rentería se unirá a las fuerzas clericales, presumiblemente a la Liga Nacional Defensora de la Libertad Religiosa, abandonando definitivamente su ministerio sacerdotal para unirse al intercambio de balas. Nuevamente, el padre opta por sacrificar lo sagrado ante lo profano, lo eterno ante lo inmediato, lo hondo ante lo político.  De aquí que las almas del pueblo queden sin perdón y, consecuentemente, en un limbo inmisericorde y sin salida. En este cierre combativo vemos con nitidez la crítica rulfiana: el mismo sacerdote –incapaz de perdonar a las almas, resentido ante la pobreza de sus feligreses, blando ante los embates del cacique– hace una defensa violenta de la doctrina que dice profesar. Es anticatolicismo si multiplica la violencia, aún si la situación es crítica, como lo fue entonces. ¿Dónde quedaron la fe en la Divina Misericordia, el sacrificio por los demás y la confianza ante lo adverso (hasta el martirio)? ¿Qué esperanza queda en quienes desconocen las Escrituras y, simultáneamente, ven que los sacerdotes actúan con egoísmo? ¿Hay alguna instancia en la que sea preferible la ebullición política a la acción redentora de los sacramentos? ¿Qué destino le depara a un pueblo con líderes espirituales que desestiman la verdad, la bondad y la belleza? Con sus personajes, Rulfo quiere advertirnos lo que sucede cuando la religión católica se trivializa. No es que ésta sea inútil frente a los problemas colectivos o que los solape, sino que su acción es infecunda cuando se diluyen sus fundamentos, ya porque se ignoran, ya porque sus sacerdotes dejan de actuar, hasta donde su fragilidad humana se los permite, in persona Christi. Sin la oportunidad de redimirse frente a Dios, el pueblo de Comala es entonces azotado por los “otras deidades” que ocupan como moho el vacío dejado por la Iglesia. Dichas deidades –el poder del terrateniente, la ebullición revolucionaria y el atractivo en una mística simplona– efectivamente despiadadas y traicioneras, se encarnan en la persona de Pedro Páramo y lo hacen caer junto al resto del pueblo tras la partida del sacerdote.

La advertencia sigue vigente. Si no podemos “volver a empezar” constantemente mediante la gracia del perdón, si se nos priva de la comunión con Dios por la renuncia de las vocaciones, nuestro destino será el de Comala. Con una espiritualidad fantasmagórica, devoradas por la desazón y la pobreza interior, nuestras sociedades han de caer “como un montón de piedras”.

Autor

  • Licenciado en Ciencia Política (ITAM) y Director Editorial de Mínimo Necesario. “Sólo tu corazón caliente, /Y nada más. / Mi paraíso, un campo / Sin ruiseñor / Ni liras, / Con un río discreto / Y una fuentecilla.” — Federico García Lorca.

Comparte