Chagall sueña una escalera

Según el Génesis, lo primero que creó Dios fue la luz: antes que nada, hubo color. En la proposición 2.0251 del Tractatus, Wittgenstein, a diferencia de otros filósofos como Kant, menciona al color como uno de los fundamentos de la estructura del mundo: “Espacio, tiempo y color (cromaticidad) son formas de los objetos”. Ahora intentaré plasmar una divagación que, igual que el universo, comenzó con el color y, en mi caso, terminó con una escalera, una escalera mística. Todo empezó con una comparación: observando la luz que sirve de fondo a las pinturas religiosas de Bartolomé Esteban Murillo y la luz más pálida que emana el Jesús recién nacido de Gerrit van Honthorst en la Adoración del niño (1620), me sentí arrebatado por el amarillo intenso y cálido del primero. Sólo hay que observar la Inmaculada Concepción (1650), conocida como La Colosal, para ver a lo que me refiero. ¿Qué clase de amarillo es ese que eleva, conmueve y, a la vez, transmite serenidad? ¿Amarillo ocre, amarillo imperial, amarillo indio? Mi ignorancia cromática y la curiosidad espoleada por ella me llevaron, naturalmente, al Cristo amarillo (1889) de Gauguin, ese pintor francés que tuvo el privilegio, o la maldición, de vivir con Van Gogh en sus momentos de depresión y locura… Y aquí es imposible no detenerse, aunque sea un instante, en esos amarillos explosivos que refulgía la paleta de Van Gogh…

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José de Ribera, El sueño de Jacob, 1639, Madrid, Museo del Prado

Pero regresando a la pintura religiosa barroca, en El arcángel Miguel derriba a los ángeles renegados (1660–1665) de Luca Giordano encontré un amarillo que se parece al de La Colosal de Murillo. ¿Será que los amarillos de los pintores españoles e italianos son más acogedores y vibrantes que los de los pintores flamencos, ingleses y franceses? Pero bueno, no es el momento ni tengo el espacio para relatar todo el trayecto mental que me llevó a la Crucifixión blanca (1938) de Marc Chagall, especialmente a la escalera que aparece en ese cuadro, así que me adelanto varios meses hasta ese momento y te invito a que te tomes unos segundos y busques en Google: “crucifixión blanca Chagall”. ¿Ya? Sigo, entonces, con mi fast forward. Por medio de la lectura de toda la bibliografía en cuatro idiomas que encontré sobre Chagall, pasé de una fascinación por el color amarillo a una curiosidad rayana en la locura: me puse a investigar todas las pinturas de Cristo en busca de pistas para resolver el misterio de la escalera. En las crucifixiones tradicionales no es usual que aparezca una escalera, pero sí, por razones obvias, en las pinturas que retratan el descendimiento. Esto me llevó a entretenerme bastante tiempo con enigmas y nimiedades en los diferentes descendimientos que encontré en los libros de historia del arte.

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S. Forestier, N. Hazan-Brunet, E. Kuzmina, Chagall sueña la Biblia, Libros del Zorro Rojo, 2017

¿Cuántas escaleras aparecen y dónde las apoyaban los personajes que usualmente se encargaban de bajar el cuerpo de Jesucristo? ¿Tiene alguna justificación la conexión que hice entre las sandalias que aparecen al pie de la cruz en el Descendimiento de Hans Pleydenwurff (1462) y el pasaje del Éxodo (3,5) en el que Dios le manda a Moisés que se quite el calzado porque va a pisar suelo sagrado? ¿Tiene alguna justificación todo el tiempo que uno invierte en la contemplación de obras de arte? ¿Podrá ser que sólo estoy, como dice el mismo Chagall, huyendo de la realidad desquiciada que vivimos?: “Por más extraño que parezca, en nuestra época, que, a pesar de sus numerosas realizaciones, considero desquiciada, uno siente la necesidad de escapar a otra dimensión…” ¿Y qué dimensión es esa? Muy pronto en este itinerario estético, igual que ahora que escribo estas palabras, me di cuenta de lo absurdo de mi empresa y del elemento meramente gratuito de todo esto. Y con gratuito me refiero a que no sirve para nada. Me di cuenta de que sabía demasiado de la vida y la obra de un pintor que, en un principio, ni siquiera me agradó tanto: esos trazos infantiles, esos colores llamativos pero burdos, esas figuras toscas, esa deformación del espacio. Sabía demasiado de Chagall y no me servía de nada dicho conocimiento. Escaleras, escaleras, escaleras, pasé meses obsesionado con escaleras. Incluso leí uno de los manuales de ascetismo y mística más solicitados en la Edad Media, La escalera al cielo de Juan Clímaco, tracé paralelismos con la emblemática canción de Led Zeppelin, vagué mentalmente por las escaleras infinitas de M.C. Escher y encontré otra escalera, secreta, en los versos del más grande poeta de la lengua española, San Juan de la Cruz:

a escuras y segura

por la secreta escala, disfrazada,

¡oh dichosa ventura!

a escuras y en celada,

estando ya mi casa sosegada.

Escaleras por todos lados y nada, en apariencia, había cambiado… En apariencia… Leyendo uno de los tantos libros que compré sobre Chagall, este que ahora supuestamente reseño, de pronto me encontré con estas palabras suyas: “Acaso cada organismo — individual o social — privado de la fuerza de la mística, del sentimiento, de la razón, ¿no se marchita, no muere?” La fuerza de la mística; sin mística todo organismo se marchita, muere. Chagall, a pesar de ser judío, pintó muchas crucifixiones y en una de esas pintó, sin razón aparente, una escalera que parece salir del humo de una Torá en llamas y dirigir al espectador hacia el ser divino que entregó su vida por amor. Un gesto gratuito e innecesario. En la penúltima proposición del Tractatus, la 6.54, Wittgenstein reconoce lo absurdo de todo su libro, confiesa que sus proposiciones han servido sólo para salir “fuera de ellas” y agrega que el que leyó su libro y lo entendió “Tiene, por así decirlo, que arrojar la escalera después de haber subido por ella.” Aquí, querido lector, te invito también a arrojar la escalera de este breve e inútil texto. Sé feliz.

Autor

  • Lector y escritor de tiempo completo. Profesor universitario y creador de Cultura Mínima. “¿Y acaso no nos ha sido dada la vida para enriquecer nuestro corazón, aunque ello suponga un sufrimiento?” — Vincent a su hermano Theo, 9 de enero de 1878.

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