Cerca del paraíso

Lo escribo pensando en que a mi novia no le encantará, aunque seguramente lo comprenderá. ¿Cómo le hago para no sonar como un loco? Ok, ya, ahí va: llevo algunos días enamorado de una escritora. Mejor dicho, de la forma en la que escribe historias esta mujer. Su nombre, Flannery O’Connor. Su prosa es una espada que corta — no únicamente la maraña de nuestro intelecto, sino ese recubrimiento bajo el que solemos ocultar nuestro espíritu. Flannery, qué nombre tan extraño. Floh-neh-rih lo pronucio, como mordisqueando una nube. No sé cómo describir bien lo que siento y por eso recurro a esa palabra que abarca tanto y dice tan poco: enamorado. Como si un oleaje me meciera con cada página, como si caminara por un desierto de horizontes. Un regresar al estado natural del alma, un sumergirse en un estanque de calidez. También, un empujón hacia una historia que no es la mía, pero que, de algún modo, ahora me importa. Veo a Flohnehrih sentada escribiendo cuentos, asediada por una enfermedad muda que la carcome. Meses, qué digo meses, años en su cama aguardando una cura que no llega. ¿Aguardando? Escribiendo. Teclea en la máquina de escribir el título de uno de sus relatos: The Turkey.

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Robert W. Weir, Embarkation of the Pilgrims, Brooklyn Museum, 1857

Un niño de once años juega en las plantaciones de algodón del sur de Estados Unidos, donde encuentra un pavo salvaje. El pavo parece malherido, un ala le cuelga inerte, se mueve con lentitud. Se acabó el juego, que comience la caza. Para Ruller, el pavo no es solo un animal, claro que no, sino la posibilidad de llevar la cena a casa con sus propias manos, de sorprender a sus padres con la proeza, de ser mejor que su hermano mayor. Ruller lo persigue con toda la fuerza de sus piernas entre las amplias plantaciones de algodón. Casi lo alcanza, pero nunca lo atrapa. Ruller grita, se golpea, se raspa, hace de su ropa jirones. Se dice a sí mismo que el pavo no puede irse al bosque, pues lo perdería para siempre, pero se le va al bosque. Ruller maldice. Peor aún, Ruller insulta — por primera vez en su corta vida — al mismísimo Dios. Primero solo lo murmura; Flohnehrih teclea pacientemente. Después, la máquina de escribir resuena en su cuarto y sus ecos mecánicos llegan hasta el campo abierto donde aguarda su salud. God dammit, injuria Ruller. God dammit to hell, good Lord from Jerusalem dice, ahora con más fuerza. La maledicencia se instala en su espíritu: no habrá pavo, no será él quien lleve la cena a su casa, sus padres no se enorgullecerán ni le arrebatará el lugar predilecto a su hermano. Se carcajea, God dammit, ha roto sus ropas y se ha hecho un chichón en la cabeza para nada, absolutamente nada. Va a mentir cuando llegue a casa, dirá que se cayó en un agujero accidentalmente. What difference would it make?, se pregunta, reconociendo en sí mismo un tono que jamás se había escuchado…

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Flannery O’Connor, “The Turkey”. The Complete Stories,Ed. Farrar, Straus & Giroux, 1971

Flohnehrih sigue escribiendo, el calor se concentra en sus pómulos, tiene veinte, quizá veintiún años. Aún no sabe que tiene Lupus, como su padre, y que el Lupus le quitará la vida, como a su padre. Ruller regresará a casa con las manos vacías, la ropa rota y sucia y una o dos heridas. God dammit, no tan pronto. Ve bien, Ruller: ¿qué hay entre esos arbustos? El mismo pavo, con dos heridas de bala, listo para que te lo lleves. No lo puedes creer. No puedes creer que hayas dudado de Dios y le dices thank you. Desde su dormitorio universitario, Flohnehrih te hace decir we certainly are much obliged to You y te redime frente a Dios, Ruller. Esa joven de apellido O’Connor, nacida en Savannah en 1925 y muerta 39 años después, te concede el pavo. Vas contento a casa, por el camino largo para que te vean más personas, agradecido, inflando el pecho, deseando una oportunidad para limpiar cada una de las maldiciones que te atreviste a pronunciar. No necesitas el suelo para caminar, flotas, te deslizas lleno de alegría, los niños te siguen asombrados, la gente del pueblo te halaga por el gran animal que cargas al hombro. ¿Qué hará contigo Flohnehrih, te llevará a salvo a casa? Le ruegas a Dios que te presente un mendigo para darle limosna y te hace cruzar camino con la bruja del pueblo, a quien entregas sin más ese dime que llevas en el bolsillo. Aquellos niños llevan ya varias calles siguiéndote. “Querrán ver mi pavo”, piensas, en inglés, en esa cabecita inocente con la que Flohnehrih te ha dotado y, mientras te sigue escribiendo y te hace perderlo todo (ese pavo tan preciado) a mano de unos niños como tú, me gana a mí enteramente. “Enamorado”, escribo, equivocándome de palabra.

Autor

  • Licenciado en Ciencia Política (ITAM) y Director Editorial de Mínimo Necesario. “Sólo tu corazón caliente, /Y nada más. / Mi paraíso, un campo / Sin ruiseñor / Ni liras, / Con un río discreto / Y una fuentecilla.” — Federico García Lorca.

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