En una de sus obras hagiográficas, no recuerdo cuál, Chesterton dice que el santo es un antídoto contra las tendencias

El conservadurismo de sir Roger Scruton es un escándalo: propone criterios para distinguir al arte de la provocación gratuita, se atreve a criticar al mâitre-à-penser de la nueva izquierda, Michel Foucault, y, por si fuera poco, reivindica el hechizo rúnico de las óperas wagnerianas. Despierta la misma indignación que hoy en día provoca comer una bistecca alla fiorentina dejando un rastro de sangre en el plato o acudir a una corrida de toros sin acto de contrición.

Artistas condenados al silencio, películas y series mutiladas, obras de arte censuradas, monumentos decapitados y libros de historia tachoneados, todo bajo los criterios cada vez más recalcitrantes de lo políticamente correcto. Estos son los primeros estragos de la llamada “cultura de la cancelación”. Casi nadie lo externa, pero es generalizado el sentimiento de que ese afán desquiciado de vigilar y castigar atenta directamente contra la naturaleza humana misma. El sentimiento es especialmente doloroso entre aquellos osados que todavía se atreven a pensar, experimentar, crear y, en una palabra, vivir.

Es común asociar el género fantástico con el escapismo, con la huida de la desagradable y muchas veces cruel realidad. Sería fácil suponer que J.R.R. Tolkien, quien vivió en carne propia los horrores de las trincheras durante “la guerra que terminaría con todas las guerras” y cuyo hijo combatió en la aún más cruenta secuela, escribió su obra como una especie de realidad alterna. No es ese el caso. Su inmersión en el lenguaje y la literatura medievales, así como su profunda fe religiosa, lo habían inoculado contra esa patología moderna que es la desesperanza. Tolkien nunca intentó huir de la realidad, sino adentrarse más profundamente en ella, a diferencia de la modernidad, que se caracteriza por su divorcio de ella.

De las marchas y protestas por la desaparición de los 43 normalistas de Ayotzinapa, la imagen más vívida que quedó en mi mente es la de las multitudes en el Zócalo que se congregaban alrededor de unas enormes letras de fuego que decían: FUE EL ESTADO. Recuerdo sentir una extraña conmoción viendo esas imágenes, un sentimiento que oscilaba entre miedo y ansias animales de rebeldía. Como el niño en la escuela que ve que, en ausencia del maestro, el caos se empieza a desatar y se debate entre unirse al creciente frenesí o resguardarse al amparo de la autoridad.