Carlos Fuentes nos propone

Me propongo meditar las propuestas políticas de un pensador mexicano que ubicamos bien, Carlos Fuentes. Leo sus discursos y pienso que ha de ser muy incómodo que un intelectual haga propuestas prácticas. Una sombra recubre el quehacer intelectual: se juzga inadecuado que los pensadores hagan algo más que criticar. Se espera en ellos el ojo de águila, panorámico, frente a las decisiones del poder, pero se ve con recelo que propongan alternativas, mucho más si son programas específicos. Para esta visión del intelectual, su pensamiento termina cuando empieza el proyecto. Contrapone la infalibilidad del análisis a la falibilidad de la acción. Se reconoce al diagnóstico por encima del antídoto. O quizá sea un miedo a decepcionar: cuando se propone hay que ser concretos y la concreción mata la literatura. El punto es que la discusión pública pierde con este purismo y Fuentes lo entendió. De allí sus discursos, de allí el tomar el riesgo.

Carlos Fuentes Macías (Panamá, 11 de noviembre de 1928-Ciudad de México, 15 de mayo de 2012).

Carlos Fuentes nace en 1928 y es parte de la generación que ya no se afinca en la lucha armada de la Revolución Mexicana, sino en la consolidación de su mito. A la generación de Medio Siglo le toca institucionalizar, pero también sufrir la desazón frente a los primeros intentos de hacerlo: la embriaguez priista, la corrupción rampante, el ensueño del progreso material… Época, en fin, de hacer propuestas. Me ahorraré las partes polémicas. No hay dudas: Fuentes fue crítico del sistema político, pero también beneficiario de su tiempo. Navegó en ambas direcciones, compatibles si desechamos la noción del intelectual puro a la que ya me referí. Claro que pesará sobre su memoria su tibia posición ante la matanza del Jueves de Corpus –cuando un grupo paramilitar del estado mexicano reprimió una manifestación estudiantil, dejando decenas de muertos– y su apoyo público al entonces presidente, Luis Echeverría. Pero no lo veo sino como la falibilidad de un simple intelectual que exploraba tiempos inciertos, como todo hombre. Frente al riesgo de que los militares asumieran el poder político, Fuentes juzgó sensato acortar la distancia con el Príncipe y con ello quizá perdió libertad crítica y legitimidad pública, pero no por ello se enturbia por siempre su pensamiento.

Para Fuentes, escribir implicaba estar en los acontecimientos del momento. Lo hace sobre política mexicana y mundial, como periodista y literato y, también hay qué decirlo, simple y llanamente como político: fue embajador de México en Francia (1975-1977). Su monumental obra literaria se fundamenta en esta danza entre el quehacer público y la escritura disciplinada. En una entrevista a una de las principales cadenas televisivas en México dice que escribir es “sudar” y en otra, cuya fuente no recuerdo, comparte que su rutina diaria consistía en escribir temprano y sin cesar durante seis horas. Fuentes es, ante todo, un escritor. Para él la palabra es finalidad, pero ello no lo aísla de la vida social y el quehacer público. En el siglo XX fue el espécimen por excelencia del intelectual mexicano, esa “especie en extinción”[1] en nuestro país: aquel que podía opinar casi de cualquier cosa, afianzado en una obra sólida y en las instituciones culturales. Solo Octavio Paz lo encarnó con mejor piel.

Me centro, pues, en sus discursos políticos. Sin embargo, no quiero dejar de insistir en que se aprecia mejor su profundidad política en sus obras literarias. No es exagerado decir que hizo de las letras mexicanas parte del afluente de las letras hispanoamericanas, del boom. Y es que en la obra entera de Carlos Fuentes develamos una hipótesis genial, aquella que insiste en que habitamos pasados simultáneos que irrumpen en el devenir individual y colectivo. Nuestra historia está labrada al modo del centro histórico de la Ciudad de México, en la absoluta confluencia de lo prehispánico, novohispano, revolucionario y moderno: vivimos atravesados por todos lados, como los san Sebastianes pintados por Mantenga. Fuentes escribía de México en el tiempo, buscando ir más allá de México en el tiempo. Lo suyo fue la batalla por universalizar lo heredado, mediante la afilada espada de la palabra. Para verlo en acción, recomiendo tres de sus obras: La muerte de Artemio Cruz, que narra la historia de un hombre que pierde sus ideales en el México de la primera mitad del s. XX; Los años con Laura Díaz, una saga familiar inmersa en los avatares políticos del Porfiriato y La silla del Águila, preferidísima obra del expresidente Enrique Peña Nieto, que narra las elecciones presidenciales en un contexto de marchas, huelgas y matanzas.

Ese es el Fuentes literario. En sus discursos políticos conocemos, en cambio, al Fuentes de la estadística, la historia viva y las “acciones para el cambio”. Suena trillado y, por lo mismo, aburrido. Pero reitero, no me disgusta el hecho y por eso lo rescato: el lenguaje también nos sirve para esto. Dice Fuentes sobre la vida política: “La búsqueda es por una identidad total, genérica, general, porque al perseguir una identidad hemos estado conscientes de tener de frente una tarea ecuménica. Nadie se reconoce en la parcela, en la comarca, sino en el todo. La parte es imposible sin el todo”. O, en otras palabras, si vamos a hacer política, hagámoslo bien: con todo lo que somos, con todo lo que podemos. La invitación es a un viaje iniciático que comienza en nuestra tierra, en la parcela de nuestra identidad, y que culmina, lamentablemente, en la “vorágine urbana”, en la modernidad. Cúmulo de espectros, la modernidad nos atrapa y desgaja, nos sustituye por conceptos: “Desarrollo dividido, desarrollo desigual, desintegración interna, abismos de pobreza, llanuras de esperanza; opulencia y miseria, avance y retraso”. ¡Cuántos de estos conceptos guían nuestro quehacer político actual! La misma lluvia lingüística cae a la ONU y el cabildo del pueblo: “Hemos vivido inventando lo que deseamos”. Nos hemos convertido en ciudadanos atrapados en la voluntad y la imaginación; por ello, para Fuentes somos, de muchas maneras, nuestro lenguaje, un lenguaje empobrecido por la rigidez de los discursos oficiales. Me parece, no obstante, que en sus discursos cae en la misma trampa, aunque de un modo más refinado.

Carlos Fuentes, Conferencias políticas: educación, sociedad y democracia, FCE: 2018

“La búsqueda es por una identidad total, genérica, general, porque al perseguir una identidad hemos estado conscientes de tener de frente una tarea ecuménica. Nadie se reconoce en la parcela, en la comarca, sino en el todo. La parte es imposible sin el todo”.

Su praxis política gira en torno al integrismo social (producido, al menos en hipótesis, por la democracia) y a una filosofía que me parece básica. Concibe la “realidad real” como una estrella de tres picos: la individualidad subjetiva, la individualidad colectiva y el mundo material objetivo. La consecuencia lógica es conciliar al individuo con su colectividad. Aunque reconoce sus limitaciones, en sus discursos también se apresa en lenguaje moderno, que todo lo desgaja y descuece. Para México, nos dice, hacer dicha conciliación implicaba apresurar las promesas de la Revolución, sobre todo en el plano social; acortar la brecha entre las naciones ricas y pobres mediante el derecho internacional; vivir la democracia; y sobrevivir la Guerra Fría y los excesos ideológicos del momento. La propuesta es vivir, desde la democracia y la identidad nacional, la globalización. Es crear una asíntota hacia la diversidad. Y desde esta multiplicidad jovial, nos reitera el gran escritor, hay que educar y trabajar. O, mejor dicho, generar las condiciones para que todos nos eduquemos y trabajemos. Fuentes es un prócer de la educación y del trabajo y en ello se resume su propuesta política: en la gente está la potencia para mejorar el país de la violencia, la corrupción y el desempleo.

Su discurso es de amplia resonancia y, salvo por los matices históricos, poco original. Habla de una educación vitalicia para revertir la deserción y los problemas de acceso, inicialmente, para después incluir su dimensión moral y política. La consecuencia de educar bien será una mejor organización desde la base, desde el barrio, la etnia o asociación. Creará comunidades que se saben comunicar, hablarse a sí mismas (esto es interesante), facultadas para pensar, criticar e imaginar. Para ello hay que hacer una crítica “creativa de los medios de comunicación modernos” y devolverle la centralidad al libro, la escuela y el maestro. Fuentes plantea, incluso, un axioma educativo: “Mientras más educada una persona, más educación seguirá necesitando esa misma persona a lo largo de su vida”. Y en cuanto al trabajo, hay que generarlo y dignificarlo. Se trata para él de la única contrapropuesta viable al crimen: trabajos bien remunerados en los que la inteligencia juvenil pueda desempeñarse. Todo con una gran conciencia de responsabilidad histórica, pues “No hay presente vivo con pasado muerto”. Comparto el ideal, pero me priva el desasosiego de haberlo oído tantas veces (con peores palabras).

Fuentes, en fin, propone. Pero ¿podrá liberarse el discurso político algún día de los sofismas? Quiero creer que sí, pero en la labranza discursiva de un narrador excepcional vemos que es difícil. No sabemos cómo liberarnos, desde la política, de las ilusiones que nos ha heredado la modernidad. No sabemos cómo pasar de las sombras conceptuales a la esperanza vivida en las personas, en la comunidad. La desilusión quizá nos corroa, pero no hay que permitirlo. Creo que el primer paso es discurrir, como lo hizo Carlos Fuentes.


[1] Aludo a la obra de Concheiro y Rodriguez, El intelectual mexicano: una especie en extinción, Taurus: 2015.

Autor

  • Licenciado en Ciencia Política (ITAM) y Director Editorial de Mínimo Necesario. “Sólo tu corazón caliente, /Y nada más. / Mi paraíso, un campo / Sin ruiseñor / Ni liras, / Con un río discreto / Y una fuentecilla.” — Federico García Lorca.