Andrés Manuel tiene un imán: apenas se pronuncia, atrae hacia sí comentarios y especulaciones de toda índole. No es tan relevante lo que diga, sino que lo haya dicho él. Así sucede desde hace años y el desconcierto en torno a su persona genera tantos detractores como seguidores. El discurso de AMLO ha pesado en la política Mexicana más allá de los cargos que ha ocupado y de su actual envestidura como presidente.

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Una ficción distópica sobre los alcances de la opinión pública Por Benjamín Castro Martínez Este texto se extrajo del cerebro

Interpretaciones abundan. Pedro Páramo (1955) ha sido descrita como una alegoría del México rural, tan perdido de la civilización como atado a sus vaivenes. Se ha escrito incansablemente que la novela retrata temas tan diversos como la pobreza extrema, la marginalidad, el cacicazgo, la superstición, la búsqueda del padre ausente y el olvido.

Estamos recién casados y decidimos empezar nuestro matrimonio viajando durante medio año por la república. Nos enlazamos a finales de abril y esa misma semana preparamos una camioneta con provisiones, una casa de campaña que se monta en el techo y mucha ilusión. En esta serie publicaremos nuestras mejores vivencias, elementos de nuestra ruta, reflexiones sobre la vida en pareja y ocurrencias de viaje. Todo es tan bueno y estamos tan agradecidos por poder vivirlo que queremos compartirlo. Esta serie de escritos junto a nuestras fotos en Instagram (@caminodecana) es la forma más directa de acompañarnos.

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Vivimos tiempos complejos. Sabemos que en 2020 la economía mexicana sufrió la peor contracción de los últimos cien años, el PIB decreció 9%, pero aún no perciblabimos sus efectos profundos ni vislumbramos cómo será la recuperación. ¿Qué es lo mínimo que hay que saber para prepararnos?

Atreverse a dar una opinión en la arena pública es difícil, sobre todo en esta época. Un mal argumento, un desliz del pensamiento o incluso una postura firme y bien fundamentada puede generar el escarnio y el linchamiento público. Es fácil ser etiquetado, vapuleado e ignorado.

Ha sido una semana agitada en la opinión pública. En México y el mundo, la incertidumbre en torno a las elecciones presidenciales de Estados Unidos ha sido el tema. ¿Qué sabemos al día de hoy? ¿Qué reflexionar de lo acontecido? ¿Cómo impacta en México?

Decidí hacerlo en pleno siglo XXI. Preparé el navío y, ya en el mar, esquivé los bajíos y escollos que dificultan la entrada al golfo de Utopía. La travesía fue difícil, por no decir que casi imposible. Me separaban de la ciudad no sólo la geografía, sino los quinientos años desde su fundación en el imaginario de santo Tomás Moro, escritor, padre de familia, humorista, traductor, lord canciller y gran “traidor” a la pretensión absolutista del monarca Enrique VIII. El mártir inglés me dio las coordenadas de la isla y hacia allá zarpé, lleno de esperanzas.

De Salomón sabemos por el Primer Libro de los Reyes, encontrado en el Antiguo Testamento. Allí se narra algo maravilloso: “Pronunció Salomón tres mil proverbios y sus poemas llegaron a cinco mil; disertó sobre los árboles, desde el cedro del Líbano hasta el hisopo que brota en la pared, y sobre los animales, aves, reptiles y peces” (1 Re 5: 12–13). ¡Quién se negaría a una vida así! Una vida dedicada a unir el amor por la creación con el amor por la Creación. Dimensionémoslo un minuto. Si nos propusiéramos escribir un poema diario, tardaríamos más de trece años en emparejarnos con el rey. Y qué decir de sus proverbios; con que nos saliera de la boca uno así de sincero iluminaríamos el resto de nuestros días: “El que vigila sus palabras, guarda su vida; el que habla sin sentido, busca su ruina” (Prov 13: 3). Lo más sorprendente es que estas cuidadosas palabras las pronunció el líder de varios reinos, que iban “desde el río Éufrates… hasta el término de Egipto” (1 Re 5: 1). Sabemos que sus riquezas eran inmensas, casi tanto como sus responsabilidades.

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Lo escribo pensando en que a mi novia no le encantará, aunque seguramente lo comprenderá. ¿Cómo le hago para no sonar como un loco? Ok, ya, ahí va: llevo algunos días enamorado de una escritora. Mejor dicho, de la forma en la que escribe historias esta mujer. Su nombre, Flannery O’Connor. Su prosa es una espada que corta — no únicamente la maraña de nuestro intelecto, sino ese recubrimiento bajo el que solemos ocultar nuestro espíritu. Flannery, qué nombre tan extraño. Floh-neh-rih lo pronucio, como mordisqueando una nube.