Ascenso y caída del rey Salomón

De Salomón sabemos por el Primer Libro de los Reyes, encontrado en el Antiguo Testamento. Allí se narra algo maravilloso: “Pronunció Salomón tres mil proverbios y sus poemas llegaron a cinco mil; disertó sobre los árboles, desde el cedro del Líbano hasta el hisopo que brota en la pared, y sobre los animales, aves, reptiles y peces” (1 Re 5: 12–13). ¡Quién se negaría a una vida así! Una vida dedicada a unir el amor por la creación con el amor por la Creación. Dimensionémoslo un minuto. Si nos propusiéramos escribir un poema diario, tardaríamos más de trece años en emparejarnos con el rey. Y qué decir de sus proverbios; con que nos saliera de la boca uno así de sincero iluminaríamos el resto de nuestros días: “El que vigila sus palabras, guarda su vida; el que habla sin sentido, busca su ruina” (Prov 13: 3). Lo más sorprendente es que estas cuidadosas palabras las pronunció el líder de varios reinos, que iban “desde el río Éufrates… hasta el término de Egipto” (1 Re 5: 1). Sabemos que sus riquezas eran inmensas, casi tanto como sus responsabilidades. Emociona pensar cómo alguien con ese poder político, gobernando un pueblo en tribulación, encontraba ocasión para contemplar los hisopos. ¿De dónde obtenía tal espíritu? Habrá quien cuestione mi interpretación, arguyendo que un rey, precisamente por ser rey, tiene tiempo y mente para hacer lo que se le dé la gana, incluyendo naderías. Pero la historia nos muestra incesantemente que una alta posición pública no garantiza nobleza ni un espíritu elevado: en ella encontramos desde funcionarios desgajados por los compromisos de su trono hasta déspotas sanguinarios encadenados a sus pasiones.

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Karl Spitzweg, Aschermittwoch (Miércoles de Ceniza)1855–1860, The Yorck Project (2002)

Y vaya que Salomón no la tuvo fácil. Desde el inicio, su reinado fue amenazado por su hermano Adonías, a quien le perdonó inicialmente la muerte. Sus primeras palabras como monarca son prudentes: “Si se porta lealmente, no caerá en tierra uno solo de sus cabellos; pero si es sorprendido en delito, morirá” (1 Re 1: 52). Pero su hermano incumple y el rey lo manda matar. Inmediatamente después, el rey organiza Israel, se deshace de los enemigos de su padre, el muy conocido rey David, instaura un sistema de doce administradores para abastecer su palacio, se casa con la hija del faraón egipcio y ofrece holocaustos en los altozanos populares para alabar al Señor, su Dios. Aunque desconocemos la edad exacta, uno puede intuir que Salomón recibió el trono siendo joven, lo que enciende una luz muy incómoda sobre lo que entendemos por juventud en nuestra época. El rey decide con firmeza y sabiduría, firma tratados de paz, instruye a los ancianos y estremece a otros pueblos con su fidelidad religiosa. Salomón nos revela un arquetipo olvidado y necesario: el del rey justo, y nos recuerda que el poder no es malo en sí, sino cuando está en manos de ineptos. ¿Qué haríamos nosotros, jóvenes del siglo XXI, con la milésima parte de su autoridad? ¿Qué hemos hecho con el poder que se nos ha dado hasta hoy? A cualquier lector moderno le sorprenderá que su obra más ambiciosa, el núcleo de su reinado, es la construcción del templo. Salomón no presumirá obras ingenieriles ni ideales parcos, no, nada de eso. La justificación de su reinado (y de su vida) la encuentra en la construcción de un digno recinto de alabanza. Y es que esta es la cuestión fundamental de toda comunidad política, aunque no siempre se explicite: ¿a quién alabamos? ¿Dónde ponemos nuestras esperanzas? Opciones de respuesta sobran. A los políticos de nuestra época les encantan los dioses del “desarrollo”, del combate hueco y del aplauso mediático. A Salomón le interesa honrar al Dios verdadero y los habitantes de su reino lo agradecen, viviendo en paz, tranquilos, “cada uno bajo su parra y su higuera” (1 Re 5:5).

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Biblia de América, La casa de la Biblia, Madrid, 1994

Volvemos así al tema de las responsabilidades, de echarse al hombro un peso justo al límite de lo que uno es capaz de cargar. Porque construir el templo no es cualquier cosa. Para erguirlo se talan cedros y abetos del Líbano, que son trasladados a través del Mar Mediterráneo; se reclutan hombres de todo Israel: 30,000 en brigadas, 70,000 acarreadores, 80,000 canteros en la montaña y 3,300 capataces; se labran enormes piedras para colocar los cimientos, se levantan columnas de bronce y se diseña un altar de oro puro. En aquel entonces, como ahora, coordinar muchedumbres y financiar grandes proyectos es una obra casi sobrehumana. Además, el trabajo se realiza de un modo impensable en nuestros tiempos: se esculpe el exterior del templo con bajorrelieves de querubines, palmas y guirnaldas de flores, y más aún: “mientras se construía el edificio no se oyó golpe de martillo, de cincel, ni de ninguna otra herramienta de hierro” (1 Re 6:7). Qué noción tan profunda de la estética y del bienestar auditivo. La sensibilidad del rey Salomón lo lleva a involucrarse hasta en los detalles más delicados, como la elección de candelabros, flores, copas, incensarios, cucharillas y los quicios de las puertas. Demora Israel siete años en culminarlo, siete años de paciencia que traen como regalo la voz de Dios (1 Re 9: 3):

He escuchado la oración y la súplica que has elevado ante mí; he consagrado este templo, que has construido para morada eterna de mi nombre. En él estarán siempre mis ojos y mi corazón. Si caminas en mi presencia con pureza y rectitud de todo corazón como tu padre David, cumpliendo todo lo que te he mandado y observando mis leyes y preceptos, consolidaré para siempre tu trono real sobre Israel…

Dios ofrece una alianza en la que Salomón y su reino habrán de servir a su Justicia, con mayúscula. Ese es el sentido que los hombres antiguos le daban al Altísimo. No es la justicia de los hombres, a veces desgarradora e imprevisible, sino la Justicia divina, implacable, certera y eterna. ¿Cómo entender este drama teológico hoy en día? ¿Lograríamos seguir el llamado de la Justicia, atendiendo a la rectitud de nuestros corazones, o claudicaríamos ante los falsos destellos del honor, el placer y la riqueza? El rey Salomón claudicó; su derrota es singular y patética. A muchos hombres contemporáneos les resultará, incluso, deseable. Salomón se enamora locamente de muchas mujeres — moabitas, amonitas, edomitas, sidonias e hititas — y llega a tener setecientas esposas y trescientas concubinas. Su desbocada sensualidad lo lleva a adorar a falsos dioses, es decir, a formas empequeñecidas y convenencieras de la justicia. Da culto a Astarté, diosa de los sidonios, a Moloc, ídolo de los amonitas, y a Camós, de los moabitas, y aparta su corazón de lo verdaderamente importante, de la fuente de su poder. Hacia el final de su vida, vemos a un Salomón, envejecido en cuerpo y alma, que deshonra su promesa… Mis manos dejan de teclear, ¿qué ha pasado con nosotros? ¿Acaso no escuchamos esa melodía en el fondo que repite: “Memento, homo, quia pulvis es, et in pulverem reverteris”, — “recuerda, hombre, que polvo eres y al polvo volverás”?

Autor

  • Licenciado en Ciencia Política (ITAM) y Director Editorial de Mínimo Necesario. “Sólo tu corazón caliente, /Y nada más. / Mi paraíso, un campo / Sin ruiseñor / Ni liras, / Con un río discreto / Y una fuentecilla.” — Federico García Lorca.

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