19 de septiembre de 2017

Por Arturo Vázquez*

Mientras leía un artículo para la investigación en la que me encontraba inmerso, la habitación entera, el departamento, el edificio, todo se estremeció. Arranqué los audífonos de mi cabeza y corrí a encontrar a mi mamá. Ella, asustada y con la voz agitada, me dijo que R había ido a la azotea a tender ropa. La tomé de la mano y corrimos hacia la cocina, donde, por la mejor de las suertes (todavía no estoy seguro de qué hubiera hecho de no ser así), nos encontramos a R. Abrí la puerta, tomé las llaves y bajamos aprisa, encontrándonos, como en una carrera por la vida, a muchos de los vecinos en las escaleras.

Afuera del edificio, nos encontramos los tres: mi mamá, R y yo, enfrente de la enorme construcción que se mecía con violencia de un lado hacia el otro. El suelo retumbaba bajo nuestros pies descalzos. La gente gritaba desesperada, observando impotente cómo una fuerza incomprendida de la naturaleza nos mostraba su rostro de profunda impiedad. Al ver las grietas que se abrían rápidamente por las paredes de la fachada del edificio, mi mamá, desesperada, empezó a rezar el Ave María; R la abrazó y yo, terriblemente espantado, me uní al abrazo, que, en ese momento, parecía la única fortaleza contra lo que todo mundo temía: el fin.

Estando abrazados, viendo cómo las lámparas, las macetas y los adornos que colgaban de los balcones eran arrastrados circularmente por una fuerza invisible, viendo cómo pedazos de azulejo y yeso azotaban contra el suelo, mi madre entró en trance a través de la oración. En ese momento, escuché y sentí en los pies (no estoy seguro qué fue primero, si el ruido o la sensación) algo gigantesco resquebrajándose y derrumbándose. La gente volteó — como si el nacimiento de nuevas grietas en el edificio de enfrente y su movimiento dejara de importarles — hacia el poniente, intentando ver más allá de las construcciones interpuestas entre Nicolás San Juan y Gabriel Mancera, eje vial de donde parecía provenir aquel sonido y aquellas sensaciones indescifrables.

Estábamos en la acera del Colegio Suizo. El llanto de los niños se parecía a lo que yo sentía en todo el cuerpo, principalmente en el estómago: un desarraigo profundo, el extrañamiento absoluto entre nosotros y la naturaleza, el pánico. En cambio, las oraciones de mi madre (que evitaron que escuchara o sintiera el derrumbe de ese edificio en Gabriel Mancera, pues fue la única persona que no volteó al poniente y no tiene recuerdo de lo que todos los demás sentimos) se parecían más a las miradas preocupadas llenas de memoria de las señoras, señores y ancianos que estaban a nuestro alrededor, aquellos testigos de la tragedia que sacudió la ciudad hace exactamente 32 años.

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Edificio derrumbado en Gabriel Mancera esquina con San Borja. Fuente: https://www.eluniversal.com.mx/metropoli/cdmx/queda-mucho-por-hacer-en-edificio-derrumbado-en-gabriel-mancera-y-escocia

De pronto, el movimiento de la tierra terminó y todo pareció volver a la calma. Los sollozos cesaron y empezó el llanto post-trauma. Mi mamá, alterada, preguntó por mi papá e intentó comunicarse con él por celular. Imposible. La red estaba muerta. Yo no alcancé a salir con mi celular; tampoco R. Mi mamá preguntó nuevamente por mi papá: “¿Estará ya en Santa Marta? ¿Qué hora es? ¿Sigue en la oficina?”, como buscando la pregunta adecuada que pudiera darle paz en esos momentos de incertidumbre. “Voy a buscar a tu papá, usaré el coche”, dijo. Tratando de tranquilizarla, le recordé que yo podía ir en bicicleta, pues la ciudad ahora era un caos vehicular. Me lo prohibió tajantemente. Conozco a mi papá y que lo más importante para él es su familia, “No tardará, viene en camino”, le dije sinceramente a mi mamá. Estas palabras no salieron de mí con el fin de tranquilizarla: quizá, en aquel momento, era lo único que sabía con certeza.

Ella, con la conciencia de que mi padre se aproximaba, me dijo que tenía que ir al departamento a cambiarse: estaba en pijama. La tomé del brazo y señalé el edificio: “No puedes entrar, tenemos que esperar, probablemente haya alguna réplica”. Como si no le hubiera dicho nada. Siguió insistiendo en que tenía que ir a cambiarse, en que tenía que ir por dinero en efectivo. R le recordó que necesitaba su bolsa para comunicarse con su familia. La acompañé al departamento, diciéndole que teníamos que hacerlo rápido. Nunca había sentido un miedo así. Subimos las escaleras. Trozos de yeso en el piso, grietas en las paredes. Con la mano temblando, abrí la puerta del departamento. Entramos. No había luz, las paredes de la cocina tenían resquebrajaduras superficiales. En la sala entramos en pánico, nos contagiamos el pavor el uno al otro: podíamos ver los bloques de dos de los muros. Tendidos en el piso yacían pedazos enormes de yeso y un cuadro del oaxaqueño Fernando Andriacci.

Mi madre, asustada, me miró a los ojos como esperando alguna palabra. “Tienes que tomar las cosas rápido, tienes que ser fuerte y cambiarte rápido”, le dije intentando controlar el miedo. En esos momentos recorrió mi mente la posibilidad de que el edificio se derrumbara en los próximos minutos. Corrí con mi mamá hacia su cuarto, viendo de reojo los muros golpeados del pasillo. Entré en mi cuarto por el dinero en efectivo, que había separado para pagar la tarjeta de crédito, agarré mi cartera, el celular, dejé las sandalias que traía puestas y agarré los zapatos más resistentes que tenía. Fui a ver a mi mamá, que ya estaba lista. Corrimos por la bolsa de R al cuarto de la lavadora. Bajamos las escaleras con el miedo en todo el cuerpo.

Una vez reunidos con R, intentamos comunicarnos con mi hermano y mi papá a través del celular. Algunos mensajes salían, otros tardaban. Las llamadas no entraban. Los mensajes que llegaron decían que estaban bien. Mi hermano estaba en su oficina a salvo, mi papá preguntaba cómo estábamos. Mi mamá me dijo que olvidó el celular en su cuarto. De nuevo sentí ese miedo en todo el cuerpo. Le dije que esperara a mi papá en la banqueta. Entré corriendo una vez más, con los nervios a flor de piel, viendo mi hogar hecho pedazos, con montones de escombros en el suelo. Llegué a su cuarto y tomé el celular. De pronto, pensé en lo que venía; por primera vez me alejé un poco de la situación presente y pensé en el futuro: alguna emergencia, cierre de vialidades, heridos, etc. Con la bicicleta al hombro salí lo más aprisa que pude del edificio.

Con el celular de mi mamá intentamos comunicarnos con mi hermano y mi papá una vez más. R logró ponerse en contacto con su esposo y transmitió las buenas noticias: él estaba bien. Después de un par de minutos mi padre apareció cruzando la calle. Corrió hacia nosotros y abrazó con fuerza a mi mamá; después me abrazó a mí y le dije, como confesión espontánea, igual que los niños del Colegio Suizo: “Tengo miedo”. Me reconfortó ver a mis papás juntos. Me sentí, por fin, algo seguro.

Las cosas que más importaban unas horas antes del temblor (tender la cama, leer a Wittgenstein, ir por la ropa a la azotea, etc.) pierden peso, densidad, palidecen. Lo importante ahora es estar juntos y sobrevivir. Dice Eliot que la humanidad es incapaz de soportar demasiada realidad. Tal vez nuestros quehaceres y prácticas cotidianas sirven para ocultar el aspecto más real y verdadero de nuestra condición humana: una profunda fragilidad.

(Dedicado a todos los que perdieron la vida en esta tragedia)

*Arturo Vázquez Maestro en Filosofía por la Universidad de Bergen, Noruega. Entre sus intereses están la música y el cine. “Amo sólo aquello que uno escribe con la sangre” — Friedrich Nietzsche.

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