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Una ficción distópica sobre los alcances de la opinión pública



Por Benjamín Castro Martínez







Este texto se extrajo del cerebro de un cadáver exhumado en el año 2,232, y fue citado en la tesis de un...

Política La opinión ensordecedora

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“Solo durante el fugaz instante de nuestra participación con lo absoluto podemos afirmar que existimos”.

- José Vasconcelos

La opinión ensordecedora por Benjamín Castro

 

Una ficción distópica sobre los alcances de la opinión pública

 

Este texto se extrajo del cerebro de un cadáver exhumado en el año 2,232, y fue citado en la tesis de un alumno de Arqueología Humana de la Pontifica Universidad Virtual de Bonn. El argumento central de aquel trabajo sostenía que la Historia debía entenderse desde lo no dicho, desde aquello “resguardado por actividad neuronal no tipificada”, pues sólo así se podría entender el acontecer humano como un todo no-objetivo, fortuito e inagotable. Se creaba, entonces, un nuevo paradigma de la Historia. El cumulo de palabras obtenido fue transcrito en el laboratorio y es reproducido íntegramente en las siguientes páginas. Su objeto es constatar cómo la vida humana se tornó indisociable de la Opinión Pública hacia el año 2,045. 

 

Damien Hirst, For the love of God, White Cube Gallery, Londres, Inglaterra, 2007.

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[Inicio de la transmisión]

Desmoronando el tiempo

Lo que distingue las horas del año 2,045 es la fragmentación del tiempo. No hay actividad humana que dure más de treinta minutos; la pericia de los ingenieros ha conducido a un mundo en el que reina la inmediatez. Basta con ingerir un licuado al día para acceder a los nutrientes que requiere un atleta; los burócratas conocen detalladamente todas las actividades que habrán de realizar en la semana (una distinta cada 5 minutos); los bebés ya no lloran: un dispositivo les da papilla, los arrulla o asea sin demora según lo amerite la ocasión. Llevamos en los oídos auriculares que nos informan de crisis políticas que duran media hora, las primeras planas se modifican al menos diez veces por día. La espera se ha vuelto intolerable. Por eso escribo en aforismos –– este estilo largo y tendido –– para captar, si quiera, a las almas más rebeldes de la época.

El consumidor feliz

Antiguamente se decía “hay que darle al cliente lo que pida”. Hoy se le da aquello que piensa.  Así, la opinión pública se entiende actualmente como una supervisión absoluta del público sobre aquello que consume. Dos son fenómenos propiciaron esta realidad: el Big Data y el Internet de las Cosas (IoT). Por un lado, el consumidor se volvió adicto a generar información para su autoconsumo. A inicios del s.XXI las juventudes se limitaban a medir su desempeño social mediante las redes sociales; en nuestra época medimos todo a través de una variedad de dispositivos conectados a internet: las gotas de agua que caen de la regadera, el número de ocasiones en que somos mirados en la calle, el tipo de ondas cerebrales que producimos al dormir. Este mar informativo es usado por las compañías para ofrecernos productos literalmente personalizados; en las campañas políticas se producen mensajes y programas específicos para cada ciudadano. Las encuestas de antaño (esporádicas) fueron ejercicios ingenuos, ahora la opinión se construye y mide todo el tiempo. En el Congreso de la Unión hay una proyección continua de los porcentajes de aprobación popular en temas tan diversos como el derecho a la privacidad y el uso de dispositivos craneales para anular la memoria. Dicha opinión popular es ignorada, hasta que pone en riesgo los intereses de la élite; entonces, ésta se encarga de hacer campañas para influir en el “estrato de creencias” adecuado. Si antes el movimiento del sistema de creencias del liderazgo político hacia la base era lento y tortuoso, hoy es casi inmediato; sin embargo, sigue habiendo distorsiones en la transmisión y discrepancias entre los estratos, lo que genera discusiones que son interminables mientras duran (apenas algunas horas). No podríamos esperar menos de la Democracia.

La imposibilidad empirista

La preeminencia de lo mensurable se ha tornado insostenible. No hay cabida para las ideas de antaño, que podían ser pronunciadas en la esfera pública sin contar con un referente estadístico que las sostuviera. Los años de batalla contra las “fake news” condujeron a los periodistas a apegarse al credo de comprobar todo en tiempo real; han muerto las noticias especulativas. Esto ha promovido la aparición de tantas verdades como vasos desechables hay en el mar. Converse apuntó que “ninguna posición intelectual es más probable de volverse obsoleta tan rápido como aquella que toma su actual capacidad empírica como el límite de lo posible en un sentido absoluto”. Así, en este mundo de pruebas y datos, no hay posturas intelectuales que mueran; la mayoría son defendibles, demostrables. Su disolución sucede, no por su inconsistencia, sino por su incapacidad de sostenerse frente al torbellino de noticias que se producen. Lo más noticioso, aquello cuya importancia es moda, dura apenas una semana. De aquí que la opinión se haya vuelto fundamentalmente un arrebato de emociones: lo que queda en el lector, se sabe muy bien, es la sensación que impregna el texto y este motiva (o no) su involucramiento político. Es el mundo de la atención selectiva. No hay momento sin emoción, el título del artículo representa el inicio de la batalla; la formula rectora es “un buen frame (aquel que trae a la mente del lector alguna de sus creencias disponibles), un millón de clics”. Un día magnifico para un “líder de opinión” es cuando logra modificar los resultados proyectados en el Congreso para que apoyen sus creencias. Ese día, también, recibe un bono por productividad.

Hijos de las encuestas

Si hay una pregunta que no se realiza en estos tiempos es si podemos confiar en las encuestas. Desde que se rompió el problema cooperativo subyacente a éstas (el que las personas las respondan honestamente), las encuestas se han vuelto casi infalibles. La clave está en hacerle creer al público que no está contestando nada, y darle herramientas tecnológicas para que actúe tan naturalmente como sea posible. Es su actuar diario, registrado incesantemente a través de los diversos dispositivos a su alcance, el que da respuesta a todas las preguntas imaginables. ¿Queremos saber por qué partido político votará? Veamos sus búsquedas en la web, los blogs que frecuenta, las fotos que toma, los libros que compra. ¿Queremos conocer su postura frente a la guerra? Veamos el número de horas que ha pasado frente a videojuegos de soldados. Vivimos, pues, en el mundo de las encuestas invisibles. Encuestas diseñadas meticulosamente para el público al que se dirigen, pero aún imperfectas en tanto que aún no hay forma de librarlas de errores de muestreo (aunque sea probabilístico), de no-respuesta, de cobertura y de medición. No obstante, mientras dicha imperfección sea cuantificada no corremos grandes riesgos. La última encuesta presidencial realizada equivocó por medio punto porcentual. Ya no hay , pues, escándalos por este tema.

La espiral del ruido

La gran consecuencia de lo anterior es una: nuestras voces se escuchan demasiado. Si la máxima de que “el clima de opinión depende de quien habla y quien calla” sigue siendo válida, entonces ¿qué sucede cuando nadie calla?. Una espiral de ruido. Si antes existían presiones sociales para expresar aquello que propugnaba la mayoría (incluso si era falso), ahora hay motivaciones para inundar la red con lo que uno en realidad cree. El voto ha pasado a segundo plano en la contienda política; ahora la influencia pública se gana con seguidores en la red. El Instituto Electoral reparte recursos dependiendo del número de “activistas cibernéticos” que defiendan tal o cual política pública o postura ideológica. Hay, pues, incentivos para hacer ruido. Este es el problema paradigmático en la medición de la Opinión Pública hoy en día: la sobreestimación. Por fortuna, nuevos algoritmos están logrando discernir la repetición intencional y la policía se está encargando ya de dichos “individuos instigadores”. 

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[Fin de la transmisión]. 

 

 

Bibliografía

  • T. Brader. 2012.“The Emotional Foundations of Democratic Citizenship.”, en New Directions in Public Opinion, A. Bersinsky (ed.). 
  • P. Converse. 1964. “The Nature of Belief Systems in Mass Publics”, en David E. Apter (ed.), Ideology and Discontent. New York: Free Press.
  • J. Habermas. 1962/89. “Public Opinion: On the Prehistory of the Phrase”. The Structural Transformation of the Public Sphere. MIT. Versión en español: Historia y crítica de la opinión pública: la transformación estructural de la vida pública. Barcelona: GG, 1994.
  • S. Hylligus. 2012. “The Practice of Survey Research: Changes and Challenges”, en New Directions in Public Opinion, A. Berinsky (ed.), Routledge.
  • E. Noelle- Neumann. 1984. The Spiral of Silence: Public Opinion, Our Social Skin. Chicago.

 

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